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Qué siga
caminando por la ley de Dios, como lo hago. Sólo hay muerte y destrucción por
todas partes, no puedo creer más en él, lo siento. Sólo he visto mal, se matan
unos a otros, la envidia, la traición.
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Y tu fe.
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Mi fe, no puedo
tener fe en algo que nunca me ha proporcionado bien. Era lo único que me
quedaba su fe, pero ahora no creo en nada, solo en la muerte, esa maldita
muerte. Me da miedo, pero en este mundo no queda ya nada y creo que nunca hubo
nada.
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Tú, sacerdote, un
luchador de Dios, dices estas palabras.
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Mis palabras
sucias y ensuciadas, no creo que haya Dios. Por él hubo guerras, por la
religión se levantaron legiones de destructores, qué verdadero Dios haría esas
cosas.
Mira,
extraño, a tu alrededor, mira bien. No puedo ayudar más, las personas me piden que les dé la
salvación, como he de hacerlo, mandarlas al paraíso, ¿qué paraíso? Si no
existe, solo existe muerte.
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Crees entonces en
el Diablo
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Me preguntas que
si creo en el Diablo, me río sólo de pensar que exista el Diablo. El bien y el
mal, nada, te he dicho que no creo en nada. Muchos años he tenido los ojos
vendados, pero ya no. No los puedo tener mas cerrados, siempre he ignorado la
verdad, la triste y cruel verdad. Soy un sacerdote, que ha vagado ya muchos
años en soledad, siempre buscando paz. Pero Dios sabe “si algún día existió”
que nunca la he hallado, años y años en busca del perdón de la felicidad,
buscando por estas tierras olvidadas por las manos de Dios. Y he encontrado
solamente sangre y dolor, personas muriendo sin consolación.
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Y en el amor.
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El amor, qué amor
encuentras en el mundo, dime ¿lo sabes tú?
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Yo no lo sé.
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Extraño, no sé de
donde vienes, ¿el amor existió alguna vez? Padres que matan a sus propios
hijos, hermanos contra hermanos, maridos que matan a sus esposas por celos. El
amor no existe.
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La amistad.
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¿Qué amistad?
Amigos traicionando su amistad por nada, ahogando la fidelidad en momentos.
Solo escucho voces susurrantes al suicidio, a la locura de este mundo. Quemaría
yo mismo las iglesias, las cruces, todo lo que un maldito día creímos que era
el bien.
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Piensas que toda
la culpa es del Diablo.
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Te dije antes que
no creo en el Diablo, simplemente en el mal. No sé si el mal lo creó el Diablo,
pero la verdad no me importa. Lo único que tengo claro es que el bien no existe
ni existirá nunca, el amor verdadero nunca duró, la amistad se extinguió y Dios
hace tiempo murió.
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Pero tú sí tienes
sentimientos, quizás las personas se salven por sus sentimientos puros.
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Sentimientos... El
de culpa, de sentirnos culpables por no hacer nada para cambiar este mundo. Los
niños mueren de hambre, hombres maltratando a mujeres, violaciones, muertes.
Asesinan por dinero, poder… y una larga lista de aberraciones que no quiero
contar. Estoy muy cansado ¿De donde sales, extraño, que todo me preguntas?
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¿Por qué me lo
preguntas sacerdote? Quizás importe.
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¿Cómo sabes a que
me dedicaba? ¿Quién eres en realidad, extraño?
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Yo que me he
llevado regiones enteras, países, hasta dejarlas desiertas. Nunca antes me
había llamado la atención una persona con tanto sentido de la culpa, tantas
ganas de arreglar el mundo sin poder arreglarlo. A un sacerdote abandonando su
fe, traicionando a su Dios y sin quererlo creyendo en el mío. Mi Rey, el todo
poderoso de todo el universo, mi padre, Satán. Sabes ahora quien soy.
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¿Cómo no saberlo
ya amigo mío? Cuántas noches te he llamado a voces para que me recogieras en
tus brazos helados y tu pecho en llamas, uno de los únicos abrazos verdaderos,
los brazos de la muerte. Tú, muerte, vestida de mendigo, preguntando por el
bien y el mal, vuelve a lucir tu capa negra de fría seda y llévame contigo al
único sitio que queda vivo. Guíame con tu guadaña a la entrada de la muerte, agárrame
de la mano, lejos, al olvido de la muerte. Dame paz en mi camino, amigo, llévame
de una vez contigo.
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Ven, sacerdote,
acompáñame. No olvides lo que te voy a contar. Sí existió una vez el bien, pero
fue apagándose poco a poco, un día todo fue maravilloso incluso para mí “la
muerte”. Sólo me llevaba a personas ancianas, a enfermos terminales. Pero a
medida que el mundo ha ido evolucionando, he podido contemplar a través de los siglos con mis propios ojos cómo
se han ido pudriendo las almas de los seres, tus semejantes. Cómo el poder y la
sed de destrucción se han ido apoderándose de ellos, guerras, odios sufrimiento
y dolor.
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¿Pues quién tuvo
la culpa, mi antiguo Dios o el tuyo?
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Sacerdote, todos
ayudaron, todos aportaron su granito de arena, pero los que aportaron más
fueron los mortales con grandes dotes de hipocresía, de maldad, ellos, como tú
bien has dicho antes. Vosotros, los de tu raza, lo habéis destruido todo, este
paraíso, donde pudisteis vivir tranquilos en paz, en armonía. Sólo vosotros
habéis tenido la culpa de que este mundo desaparezca algún día no muy lejano.
Me dais pena.
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Gracias por venir
a recogerme.
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Pudisteis tenerlo,
todo pero lo utilizasteis todo para hacer el mal.
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La humanidad se eliminará
para siempre ¿verdad, muerte?
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Sí, un día todos
moriréis y la tierra, todo, se destruirá. Incluso yo moriré, no habrá nada. Ni
Dios ni Diablo, nada, la oscuridad.
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Entonces…
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Sí, sacerdote,
por una vez habrá paz.
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Para siempre.
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Para toda la
eternidad.
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¿Cuándo partimos,
muerte?
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Ven, abrázame,
sacerdote, te cubriré con mi capa y por fin podrás descansar tranquilo.
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¿De verdad,
muerte, que habrá paz donde me llevas?
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Confía en mí.
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Eres lo único que
me queda, muerte.
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Lo sé, sacerdote,
vayámonos pues, amigo mío.
La muerte y el sacerdote se
fueron alejando de estas tierras solas y abandonadas.
Llevándole a un lugar donde
el sacerdote no podrá sufrir más su dolor, se fue de este mundo amarillento
de odio y destrucción.
Adiós, muerte, hasta pronto.
Malina Murnau
(Relato de 1995, incluido en mi libro 13 Relatos Macabros)
Me encanta
ResponderEliminarGracias :)
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