sábado, 17 de octubre de 2026

Weird Magazine # 4, septiembre 2026.

Hasta el estreno de 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), que obtuvo una inmensa aceptación crítica y comercial, el cine de ciencia ficción no era tomado muy en serio por críticos y pensadores de distinta ideología. Las más de las veces, el género había venido enfocado al público juvenil en producciones destinadas mayoritariamente a los autocines. De igual modo, la televisión había enfocado sus producciones ci-fi a un target adolescente. El film de Kubrick dio el pistoletazo de salida a una ciencia ficción más adulta, y entre finales de los sesenta y durante buena parte de los setenta el cine de ciencia ficción se alejó de la aventura espacial y de los peligros atómicos con amenazadores bichos gigantes producto de la radicación de los que solían ocuparse el ejército, prefiriendo mostrar una cara más amarga. Anteriormente alguna cinta (más o menos) apocalíptica se pudo ver en las pantallas, pero es en los años de la contracultura y las graves crisis que asolaban a los Estados Unidos cuando se estrenaron una serie de producciones distópicas que no miraban con buenos ojos los actos de los hombres ni para con ellos mismos ni para con el resto del mundo, ni avecinaban un destino muy halagüeño para la humanidad. Cintas como la trilogía (que no es tal) protagonizada por Charlton Heston, El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin Schaffner, 1968), El último hombre... vivo (The Omega Man, Boris Sagal, 1971), y Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973) [1], o como aquella Nueva York, año 2012 (The Ultimate Warrior, Robert Clouse, 1975) que protagonizara un otoñal Yul Brynner. Para 1977 la ciencia ficción retoma la aventura (blanca y juvenil), la space opera y el puro entretenimiento con héroes y villanos y finales felices gracias al rotundo éxito generado por La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas), marcando el rumbo que el género tendrá como preferente en la década siguiente.

El cine post-apocalíptico, tal como la mayoría del público lo concibe, triunfaría especialmente en la década de los ochenta. El estreno de Mad Max, salvajes de autopista (Mad Max, George Miller, 1979), un film australiano de bajo presupuesto que recaudó una cuantiosa taquilla a nivel mundial, marcaría un antes y un después en el (sub)género. Mas fue a partir de su (primera) secuela, Mad Max, el guerrero de la carretera (Mad Max 2, 1981), cuando estalla el auténtico boom por la ciencia ficción post-atómica y ésta adopta/adapta los temas y tropos que la harán fácilmente reconocible en un sinfín de trabajos que se rodarán por muy distintos puntos del planeta: parajes desolados y destruidos (por guerras, epidemias, etc) donde parte de la población ha sido diezmada, y algunos han regresado a un estado de barbarie y se agrupan por clanes/tribus (son habituales los peinados con cresta mohawk), movidos/motivados por la violencia y la más pura y dura supervivencia; donde hay escasez de recursos (apenas queda gasolina ni agua, y son bienes muy codiciados), y gobiernan líderes tiránicos/mesiánicos cuyas hordas/ejércitos se desplazan con vehículos tuneados para correr y destruir. Donde hay héroes (los menos) y villanos (muchísimos) en el sentido más clásico/arquetípico de los films y novelas de aventuras. El triunfo en los ochenta de la muscle opera, con sus hiper musculados héroes de una pieza, se hizo notar también en la ciencia ficción postapocalíptica. Acción, violencia, algunos desnudos (preferiblemente femeninos), tipos fuertes y aguerridos de pocas palabras, villanos de tebeo...  Cine de puro entretenimiento/evasión, con tramas sencillas y fácilmente reconocibles/asimilables por el público, alejadas las más de ellas de la ironía, el trasfondo y la crítica de otro de los films seminales (y también muy copiados) del (sub)género, 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981). Las salas de programa doble, los cines de verano, y los nacientes videoclubs ayudaron, y mucho, a la difusión de estas películas (y de otros tantos géneros). Hubo también algunas (pocas) propuestas arty de carácter apocalíptico, aunque no fueron muchas ni las más aplaudidas por la platea.

Destaca en aquellos prolíficos ochenta, edad de oro de estas películas, la fructífera producción que se hizo desde Italia en los postremos años de esplendor (ya en franca decadencia) del cine de género transalpino. La ciencia ficción post-atómica que seguía los pasos dados por Max Rockatansky fue uno de los últimos filones que se exprimieron/explotaron desde el país con forma de bota, y en los que son bien reconocibles el reciclaje de elementos/detalles/tramas/desarrollos propios del péplum y, sobre todo, del spaghetti-western. Viejos zorros como Sergio Martino, Lucio Fulci, Bruno Mattei o Enzo G. Castellari continuaron/prolongaron sus carreras en el medio a través de esta particular ciencia ficción donde la acción se imponía a la reflexión, y donde la explotación/apropiación de éxitos foráneos era la moneda común.

Un tipo de cine, un modo de ver la ciencia ficción que, al igual que la mayoría de los (sub)géneros se ha prolongado/recuperado en el nuevo siglo, aunque ahora sean menos (y con cierta mirada nostálgica) los que se decanten por la pura explotación, y más los que tratan de llevar un mensaje, en ocasiones adaptando libros de cierta reputación.

El pasado mes de septiembre salía a la venta el cuarto número (y parece que, lamentablemente será el último) del Weird Magazine, el “magazine oficial del canal de YouTube Videoclub Weird” editado por Pano Art Books, dedicado en esta ocasión al cine de ciencia ficción apocalíptica, o como indica su cubierta “Especial guerreros de descampao”. Un total de 135 páginas recorriendo el apocalipsis de unos días de futuro pasado que cuenta con el buen hacer de un buen puñado de expertos en el cine de género, como Javier Pueyo, Octavio López-Sanjuán, Juan P. Rodríguez Lazo, José Luis Salvador Estébenez, Fernando Rodríguez Tapia, o los encargados de dar a luz a esta criatura: Sergi Atencia Sánchez (SAS) y José Manuel Sarabia, entre tantos otros, y donde los que esto firmamos tenemos el placer de colaborar.

Este ejemplar cuenta con el prólogo del realizador Óscar Aibar, cuyo primer largometraje fue precisamente un film afín a la temática tratada, la malditísima Atolladero (1995). Cinta que tomaba como base el cómic de mismo título, publicado por la revista Makoki en 1990, que él escribió y que contó con los lápices del polémico Miguel Ángel Martín. Su rodaje fue una completa odisea, marcada por la desgracia y los problemas hasta tal punto que en no pocas ocasiones se pensó que no llegaría a terminarse [2]. Para colmo, apenas conoció estreno en cines ni tuvo edición en vídeo. Y no ha sido hasta tiempos más recientes que se ha podido ver y disfrutar con la calidad merecida. Aibar recuerda para Weird Magazine aquel (amargo) debut en la pantalla, y lo hace mirando atrás con más reflexión que ira y parafraseando constantemente el poema No volveré a ser joven de Jaime Gil de Biedma [3].

No falta el (obligatorio) poster, que esta vez nos trae a Cindy Weird, la chica eslogan de la revista, motorizada en un mundo futurista distópico, evocándonos el recuerdo de aquella rubia ilustrada por Luis Royo de la portada del videojuego Turbo Girl que editara Dinamic en la década de los ochenta.

No te quedes sin “el fanzine de la muchachada” que también es “¡apto para pollaviejas! Son cien copias numeradas la edición. Lo podéis conseguir a través de la página de Pano Art Books: https://panoartbookstienda.com/

Alfonso & Miguel Romero

[1] Adaptaciones de las novelas El planeta de los simios (La planète des singes, Pierre Boulle, 1963), Soy leyenda (I Am Legend, Richard Matheson, 1954) y ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio! (Make Room! Make Room!, Harry Harrison, 1966) respectivamente. La de Matheson ya contaba con una adaptación previa en 1964, en régimen de coproducción entre Estados Unidos e Italia, a cargo de Ubaldo Ragona y Sidney Salkow y con Vincent Price de protagonista, así como con un mediometraje realizado en España en 1967 por Mario Gómez Martín.

[2] Muy recomendable la lectura del libro Making of (Mondadori, 2008), donde el propio Aibar relata aquella intensa experiencia.

[3] Uno de los poemas que eligió su buen amigo Loquillo para su primer disco de poemas, a los que puso música su habitual colaborador Gabriel Sopeña. De hecho, el álbum se tituló precisamente La vida por delante (Hispavox, 1994), como dice uno de los versos del poema.


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