Una tarde de verano unos
niños jugaban al lado de la chimenea de su salón. De ella salieron tres fantasmas.
Uno era un monje, su habito era marrón con una capucha que casi ocultaba su
rostro. A este monje le acompañaba, un sacerdote y una monja con sus hábitos
negros. Sus caras eran blancas como la nieve, caras llenas de odio y una
frialdad y maldad que se podían ver a través de aquellos ojos malditos.
Fueron hacía la niña mayor,
la rodearon.
La niña y sus hermanos
gritaron de terror. La madre, que estaba en otra de las habitaciones, fue allí
al oír los gritos de sus hijos y pudo ver con espanto las figuras de esos tres
fantasmas.
La mujer asustada les gritó
que dejaran a su hija. Que lo que tuvieran que hacerle, que se lo hicieran a
ella. Esas tres entidades se fueron hacia ella, empezaron a abofetearla y
pellizcarla. El monje le dijo a la mujer:
-Nos apareceremos sólo a ti,
siempre que nos dé la gana. Sea la hora que sea. Nos ayudarás a buscar un
tesoro, y cuando lo encuentres, se lo darás integro a la iglesia del pueblo. No
podrás quedarte con nada. Y sufrirás mucho, y nadie te podrá ayudar.
Diciendo esas palabras se
marcharon.
La mujer pensó que no le
molestarían más.
Pero se equivocó. Por la
noche, estando en la cama, se le apareció de nuevo los tres.
La despertó un golpe que
recibió en su cabeza. El marido pudo escuchar el ruido y los gritos de su
esposa recibiendo golpes de unas manos invisibles.
La mujer, llorando, le dijo a
su marido que habían vuelto y que le habían contado que por la mañana tendría
que hacer un agujero en el suelo y buscar un túnel, donde hallaría el tesoro.
Hizo durante años todo lo que
los fantasmas le decían. Pero estos cada vez aparecían con más frecuencia y
maltrataban a la mujer sin piedad.
Cuando la mujer iba a la
iglesia, se sentaban a su lado. Nadie quería estar al lado de la pobre, porque escuchaban
cómo sonaban los golpes y guantadas que recibía.
Podían ver los cardenales que
tenía por todo su cuerpo, arañazos.
Nadie podía ayudarla.
Ella excavó, pero nunca
encontró nada. Y más golpes recibía.
No la dejaban dormir, cuando
comía le tiraban los platos al suelo.
La mujer acudió a curanderos,
que le daban amuletos y escapularios para protegerse contra esos fantasmas.
Pero nada le ayudaba.
Los hijos se hicieron
mayores, se casaron. Y veían como a su madre no paraban de torturarla. Hasta
sus propios nietos pudieron ver como maltrataban a su pobre abuela.
El marido murió con el dolor de
no haber podido ayudar a su esposa.
Nadie del pueblo quería
acercarse a su casa, todos temían
acercarse a ella.
Los hijos pidieron ayuda para
su madre.
El sacerdote iba a consolar a
la pobre mujer y podía escuchar los gritos que daba, y ver como arañaban sus
brazos mientras ella le pedía ayuda.
La mujer se fue consumiendo
poco a poco. Su cuerpo delgado, pálido por no salir ya de la casa. Hiciera lo
que hiciera, esos seres no la dejaban en paz.
La mujer acabó en la cama
casi sin moverse.
La cama cubierta de
escapularios, amuletos. Ella misma, en su esquelético cuello, llevaba colgantes
con medallas de todas clases.
Las visitas de esos tres
espectros se hicieron menos frecuentes. Casi no le pegaban ya.
La mujer murió en su lecho
convertida en una momia consumida por el miedo, el dolor.
El miedo se apoderó de sus
hijos y los nietos, pues pensaban que ahora sería uno de ellos el que sufriría
lo que padeció su madre.
Pero por suerte esos seres no
le aparecieron a ninguno de ellos.
Se fueron con la pobre mujer,
y su misterio se ha quedado en la memoria de algunos y el miedo de otros.
“Yo pude entrar en la casa de
esa señora, cuando la pobre se encontraba enferma en su cama.
Yo era muy pequeña, y vi las
medallas en su cuello, su cama toda llena de escapularios y cosas religiosas. Y
a ella tendida mirándome con ojos de pena. Mi tía me dijo que me acercara y le
diera un beso a esa pobre mujer.
Yo no entendía porque mis
hermanos no entraron en la casa.
Luego, sin saber qué pasaba,
me retiré de su lado y me quedé en la puerta.
Mi tía se sentó al lado de la
mujer, en su cama. Y le preguntó.
-¿Los puedes ver ahora?
Y la mujer contesto
- Sí, están detrás de ti,
están los tres.
Hoy en día, incluso ahora
mismo escribiendo estás líneas, me recorre un escalofrío por todo el cuerpo, sólo
al pensar que tuve a esos fantasmas delante de mí”.
Con el paso del tiempo,
parece que este interesante y terrorífico caso se fue olvidando. Pero aún hoy los
mayores del pueblo recuerdan a esa pobre mujer y lo que sufrió hasta el fin de
sus días.
Relato de Malina Murnau, basado en hechos reales.
Dibujo de Malina Murnau.
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